Los motores de combustión necesitan de tres fluidos para poder funcionar: el carburante (gasolina, gasóleo o gas), el aire que se mezcla con el carburante en la cámara de combustión y produce la explosión y el aceite de motor, que se encarga de minimizar la fricción entre las piezas del motor y que además cumple funciones refrigerantes y detergentes en diversos componentes del propulsor.

El aceite en los motores de combustión permite que sus piezas internas que interactúan entre sí tengan un coeficiente de roce mínimo, lo que hace que la fricción entre ellas sea sumamente baja evitando problemas de recalentamiento, fusión y deformación.

Cuando el nivel de aceite en el motor comienza a descender los problemas no tardan en hacerse presentes, las piezas internas comienzan a sufrir desgaste debido al aumento en el nivel de roce entre metales a cierta velocidad y temperatura, en pocos minutos el funcionamiento del motor se verá afectado.

Sin los niveles adecuados de aceite, el ruido del motor sonará diferente al habitual, es decir, que se convertirá en un ruido más fuerte o metálico debido al roce y golpeo entre las piezas metálicas. El funcionamiento del motor será irregular debido al deterioro acelerado de algunos de sus componentes por el aumento de fricción.

Si se logra detectar que el motor no tiene suficiente aceite estando aún al ralentí, es muy posible que se pueda salvar el propulsor. En los casos que la fuga de aceite sea muy grande y se produzca con el motor en marcha y no se detiene a tiempo, las consecuencias se notarán en cuestión de segundos y pueden ser significativas.

Esta situación puedo incluso causar daños irreversibles en el propulsor debido a la fusión de algunos componentes ubicados dentro del bloque del motor, lo que los hace que el bloque sea prácticamente irrecuperable y sea necesario cambiarlo.